"Mi dolor de exilio es tan grande que cubre todo mi cuerpo. Muevo un dedo del pie y sufro". Lejos de casa (novela) vmi

“Minha dor de exílio é tão grande que cobre todo o meu corpo. Movo um dedo do pé e sofro.”Longe de casa ( romance) vmi




Una Cierta Mirada (novela, fragmento) de viviana marcela iriart







DIARIO DE FRANCESCA
            No he hablado todavía de Gal. Es curioso. Es la primera vez que escribo su nombre. Gal. Me gusta escribirlo. Me gusta decirlo. Tuve que repetirlo muchas veces para aprendérmelo. No es un nombre común para mí.
            Comenzaré por describirla. Gal es alta, morena, un tanto exótico su rostro. Su altura armoniza con toda ella y la coloca en el punto ideal entre el cielo y la tierra. Como si el sol la llamara, su porte es altivo. Pero su altivo no es el de la soberbia, no, sino el de la plenitud. Gal siempre parece una flor a punto de abrirse. Gal promete.
            Como si fuera una segunda piel, un bronceado que parece ser el guardián de la luz de todos los veranos se extiende gozoso por todo su cuerpo. Un color que es como una llama de caoba recién nacida al viento. Vivo. Canela y salitre.
            Sus ojos son levemente rasgados, marrones, expresivos, bellos. Unos ojos por donde parece pasar el mundo. Unos ojos que lo dicen todo, o lo ocultan todo. Una ventana en la que me he asomado tímidamente a mirar y sólo me he encontrado con mi propio reflejo. Gal es un misterio.
            Su boca es generosa, de labios sensuales rojo vino tinto. Una boca que siempre parece estar anunciando peligro. Sus labios, siempre un poco abiertos como para un beso, dejan vislumbrar apenas el húmedo tesoro que guardan celosos.
            Su cabello es la selva africana a la que no pertenece pero a la que, parece, le gustaría pertenecer. Porque su cabello negro tiene rizos que no son naturales, pero natural es la forma en que caen, salvajes y libres, sobre sus hombros delgados casi siempre desnudos.
            En Gal nada desentona y su nariz, asomándose apenas entre sus mejillas, es una obra de arte creada por un vientre materno. Una nariz atenta a los cálidos olores que el placer produce.
            Pero Gal, aunque pícara, se mueve inocente del efecto que causa en los otros y, como si el destino nunca le importara demasiado, camina arrastrando levemente sus pies. ¿Le pesa la vida o le pesan las ganas?
            Y ese caminar casi con desgano de Gal se vuelve terriblemente sensual porque sus caderas, rompiendo apenas la armónica delgadez de toda ella, se asoman felices a ese paseo, cimbreándose con la cadencia del ritmo de un tambor africano.
            Su cuerpo tiene la suavidad y la leve oscilación de las playas caribeñas. Su mirada, en cambio, tiene el misterio, la rebeldía y la libertad de la selva amazónica. Una mirada de siglos en unos ojos de no más de 30 años.
            Gal, se nota, no nació para ser flor de ningún florero, planta de ningún jardín. Gal tiene la elegancia y la suavidad de una gacela. Lo salvaje, majestuoso y arisco de una tigresa que nunca tuvo dueño. Gal es el día y es la noche.


DIARIO DE GAL
            Hoy comenzó a trabajar una empleada nueva. No sé su nombre porque nadie me la presentó. No sé cómo es su voz porque no la oí hablar. No sé cómo es su mirada porque no me miró. No sé nada de nada.
            Dos semanas ya y el mismo misterio. Su concentración en el trabajo es patética. Como si lo detestara o lo amara, no aparta sus ojos de la computadora. Nada la distrae, nada la perturba, nada llama su atención.
            ¿Es necesario aclarar que la rutina de la oficina me tiene aburrida? Es el único motivo por el cual reparo en ella. Siempre me gustó jugar a los detectives  y ahora me entretengo inventándole nombres, amantes, vidas.
            Hoy llegué de excelente humor y con tanta energía que casi clavo la puerta en la pared al abrirla. Como si fuera un premio lo primero que vi fue la cara de Francesca, aire de melancolía, concentrada en la computadora. Un "¡buenos días!" eufórico invadió la oficina, el mío, y logré que me mirara. No fue mucho. Respondió educadamente, con mucho de sorpresa en su cara, e inmediatamente regresó al trabajo.
            Al rato nos cruzamos en el pasillo y yo sin saber por qué, volví a sonreírle. Movió la cabeza en un desconcertado saludo, amagó una sonrisa que no se concretó y seria, serísima, siguió su camino. Esta mujer me hace sentir estúpida.
          Insistí más tarde. Pero parece que es sorda. Esta actitud, además de intrigarme, me desafía. ¿Por qué me ignora de esa manera?
            Pero yo no me dejo vencer tan fácilmente: la observo sin que me vea y no encuentro nada transparente en ella. Tampoco nada retorcido. Su mirada es límpida, clara su sonrisa, pero en conjunto ella es un misterio.
            Ha llegado a la agencia por Santiago, el jefe del departamento de diseño, y por él ha conseguido un horario especial de trabajo. "Ensaya por las tardes", argumentó Santiago como si eso fuera algo sagrado. ¿Ensaya qué?, me provocó preguntarle, pero me abstuve. Si averiguo todo sobre ella rápidamente, ¿con qué me voy a entretener mañana?
            ¿Es Santiago su amante? La recomendó con vehemencia. Aunque casado, Santiago no es la excepción a los hombres. Todavía recuerdo sus apasionados ataques cuando ingresó a la agencia. Santiago es atractivo, tiene humor y ternura. Es muy fácil caer en su seducción. Pero creo en la fidelidad. No. No es solamente que crea: practico, me esfuerzo, me entreno como si fuera un deporte, día a día, hora a hora, minuto a minuto, en la fidelidad. Las tentaciones son tantas. Pero ahí está Walter. Y él es todo lo que quiero aunque a veces no sea todo lo que deseo. Pero para eso una es católica: para resistir.

            Cuando ella se va tiene que pasar obligatoriamente por mi oficina, a recoger las llaves para abrir la puerta. No entra, aparece.  No se va, huye.


DIARIO DE FRANCESCA
            El primer recuerdo que tengo de Gal se remonta al lunes de la semana pasada. Eran cerca de las nueve de la mañana y la oficina estaba en completo silencio. El teclear de las computadoras se oía como un zumbido de enjambre de abejas histéricas. Sin anunciarse, la puerta se abrió. Una voz oscura, cálida, llena de energía, atravesó el silencio como el paso de una estrella fugaz: - ¡Buenos días!
            Sorprendida por esa súbita e inesperada ruptura de la rutina, desvié apenas unos poco mis ojos hacia el lugar de donde provenía la voz.
- ¡Buenos días! -  volví a oír y entonces se produjo un estallido de blancura, un encandilamiento de dientes, unos ojos brillando con la luz de cien mil estrellas juguetonas, dos gotas de miel como dos hoyuelos bordeando una boca. Gal me sonreía. Quedé impactada. ¿Quién era esa sonrisa? ¿Quién esa mujer a la que no conocía y que me saludaba como si fuéramos viejas amigas? Gal desapareció antes de que pudiera hacer el intento de recordar. El trabajo, por otra parte, se acumulaba.
            Poco tiempo más tarde iba yo absorta rumbo a la oficina del fondo cuando, de repente, sentí que un par de ojos, como dos argollas de caramelo, se engarzaban a los míos. Gal me sonreía. Agarrada de sorpresa, sólo atiné a devolver su saludo espléndido con una tímida y cortada sonrisa.
            Como un río subterráneo, que se oye pero que no se ve hasta que ya es demasiado tarde, la ansiedad comenzó a fluir. Desesperadamente, a borbotones, casi que ahogándome. Me asusté. ¿Quién era esa mujer que con tan sólo dos sonrisas había logrado impactarme tanto?
            Aunque tenía quince días trabajando en esa pequeña pero glamorosa agencia de publicidad, no recordaba haberla visto antes. Quizá porque detestaba tanto el empleo que lo único que me interesaba era terminarlo rápido, que el mediodía no me alcanzara nunca en la oficina. Yo no tenía tiempo para las relaciones públicas, que quitan tiempo, que implican retraso. Yo lo único que quería era irme. Volver a la libertad.


DIARIO DE   GAL
            Pasan tan pocas cosas en la agencia que Francesca, la diseñadora nueva, sigue llamando mi atención.
            He escuchado su voz: es extranjera. Golpea las "y" y las "ll" contra el blanco de sus pequeños dientes perfectos como olas golpeando contra un murallón. Como si llevara un caracol en mi oreja, sigo escuchando ese sonido mucho tiempo después de que ella se ha ido.

            Fin de semana en la playa. Qué sencilla se ve la vida desde el fondo del mar, qué apacible un mundo que sólo tiene peces multicolores, plantas exóticas, silencio. En el fondo del mar la vida no pasa, es.


(....)

Una cierta mirada
 Novela (fragmento)




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