"Mi dolor de exilio es tan grande que cubre todo mi cuerpo. Muevo un dedo del pie y sufro". Lejos de casa (novela) vmi

“Minha dor de exílio é tão grande que cobre todo o meu corpo. Movo um dedo do pé e sofro.”Longe de casa ( romance) vmi




"Lejos de casa" (novela, fragmento) de viviana marcela iriart, Caracas 1982-84










Esta  novela es casi autobiográfica. Lo que no me pasó a mí les pasó a víctimas de la dictadura chilena y argentinaamigas a quienes quiero rescatar de la muerte del olvido.

Esta novela está dedicada a ellas y a todas las víctimas de las dictaduras de derecha, izquierda, democracias dictatoriales….
Al Embajador y personal diplomático de la Embajada de Venezuela en Buenos Aires, abril-mayo 1979, que arriesgaron su vida para salvarme.
Al piloto y la tripulación de Viasa del 17 de mayo de 1979, que me recibieron como una heroína y abrieron una botella de champán para celebrar por mi libertad.
Al pueblo venezolano, que me recibió como si siempre hubiera sido parte de él.
Al puñadito de amigas y amigos que se quedaron a mi lado, en Argentina, cuando todo el mundo huyó.
A las amigas y amigos que me ayudaron en el resto del mundo.



"Y estamos marchando todavía en las calles
con pequeñas victorias y grandes fracasos
pero hay alegría, hay esperanza
y hay un lugar para ti."




Hay un aeropuerto llamado Ezeiza.
Hay otro llamado Simón Bolívar.
Entre los dos media un camino muy largo llamado exilio.
Vivo en un país que no es mío.
Vengo de un país que alguna vez creí mío pero no era cierto.
Vivo sobre la tierra no sobre un mapa.
Y con la gente no con sus pasaportes.



“Sí, yo estaba ahí el 17 de mayo de 1979 y claro que recuerdo lo que sucedió. Lo recuerdo muy bien porque nunca antes yo había participado en algo así y no lo puedo olvidar. Es más, a veces he tenido pesadillas. Sueño que levanto la mano izquierda para despedir a alguien y que entonces ¡zas! me la cortan de un hachazo.
 No es agradable, no, pero bueno, yo estaba ahí haciendo el servicio militar y me había tocado la zona del Aeropuerto de Ezeiza, aunque para ser más precisos, estaba exactamente en la alcabala que la Fuerza Aérea tiene en la ruta que va al Aeropuerto, ¿la conoce? Bueno, ahí estaba yo.
 Ese día era un lindo día, sí, jueves si no me equivoco, con mucho sol, y como a eso de las nueve y media de la mañana sentimos un gran alboroto de sirenas que se acercaban en dirección a nosotros. Pude distinguir tres autos que avanzaban a gran velocidad. Uno de ellos, el primero, era de la Policía Federal e iban en él tres hombres. Entre éste y el último, que también era de la policía pero sin inscripciones, de paisano que le dicen, había otro. Era un Ford blanco y por la chapa supe que era de algún diplomático y ahí había cinco personas: cuatro hombres y una piba. Yo estaba mirando todo desde adentro de la alcabala cuando escuché los gritos. Los de la Federal siempre andaban matoneando y ese poli no era la excepción, aunque los de la Fuerza Aérea... en fin... yo escuché que el poli decía que era una misión muy delicada, emanada directamente desde la Junta, y a mi cabo gritando aún más fuerte que por más misión especial que fuera ellos no pasaban sin que él y “sus” muchachos los escoltaran. El cabo era muy joven, 22 o 23 años le calculaba yo, y el poli andaba por los 40 y se tuvo que comer la humillación. Finalmente llegaron a un acuerdo.
Cinco de nosotros partimos al frente de la caravana en un camión. Yo y dos de mis compañeros íbamos sentados en la parte de atrás, con los pies colgando fuera del camión y las ametralladoras ligeramente apuntando a los autos que nos seguían. Ordenes son ordenes y en el servicio militar nada se discute. Estábamos a mediados de otoño y el solcito pegaba lindo, sí, y yo me sentía feliz de que me hubieran elegido para la misión. Uno se harta de estar ocho, diez horas de pie en una alcabala, controlando todo como si realmente la historia fuera a pasar por ese pedazo de carretera vieja.
Todavía faltaba un buen trecho para llegar al aeropuerto, así que tuve tiempo de observar con calma a las personas que iban en el Ford blanco, aunque no los veía muy bien. Tres de los cuatro hombres eran morochos, de pelo negro; el cuarto no, era rubio, de tez blanca, joven. Este iba sentado en el asiento de atrás, a su lado iba la piba y al lado de ella un señor mayor. Ella tenía una cara muy triste y parecía muy joven, no le calculaba más años que los míos, que estaba por cumplir diecinueve. Los hombres que iban atrás hablaban mucho entre sí, gesticulando, y a veces se notaba que le preguntaban o decían algo a ella, que respondía brevemente y a veces sonreía. Me hice todo tipo de conjeturas respecto a lo que estaba sucediendo, pero jamás hubiera imaginado que la misión era esa misión.
Finalmente llegamos al aeropuerto. El cabo bajó muy rápido y se fue hacia el edificio gritando que controláramos todo muy atentamente. Yo no entendía nada. Mientras él se iba el poli se acercó al segundo auto y, pasando la mano por la ventanilla, se despidió de todos los hombres pero de la piba no. Ella lo miraba fijamente mientras él extendía su mano hacia un lado, sonreía, hacia el otro, volvía a sonreír.
Cuando se bajaron del auto pude ver todo mejor, aunque brevemente porque ella y los cuatro hombres se fueron inmediatamente hacia el edificio. Ella tenía el pelo largo y lacio, casi le llegaba a la cintura. Era pequeña de estatura. La tez era levemente oscura y llevaba vaqueros azules, mocasines marrones y una camisa blanca. Uno de los hombres cargaba un bolso azul pequeño y una guitarra envuelta en papel de diario. La piba no llevaba nada y siempre caminaba en medio de los dos hombres, los mismos que iban sentados atrás en el auto y que tampoco llevaban nada. Ella caminaba muy erguida y tenía los ojos tristes pero secos como si estuviera muerta.
Los hombres seguían hablando y riendo y ella ahí, entre medio de los dos, en silencio, se veía tan frágil. A mí me daba tanta pena ella que amagué mover la mano en señal de despedida aunque ella no me viera, pero entonces uno de mis compañeros me golpeó y me dijo:
- ¿Qué vas a hacer idiota? ¿No sabés que es una deportada?
Y yo bajé la mano.”

Juan Pérez, ex soldado.
Informe de la Comisión de Derechos Humanos.



Caracas, Diario de Lamentaciones.
Los perros de caza aúllan y aúllan durante toda la noche.
Corren desaforados y salvajes tras su presa.
Gritos.
Son animales pero de otra raza: policías.
Me despierto bañada en sudor.


Vivo pendiente del cartero.
Atenta a sus pasos y a su voz.
Día tras día pasa, a veces para en casa, la mayoría no.
Y cuando para, las cartas no son para mí.
Languidezco.

(...)


Todas las tardes el heladero callejero me atormenta con su musiquita-convoca-clientes. Las madres salen con sus niños a su encuentro, los amigos con sus amigas, sólo yo estoy sola.

Hace calor. Siempre hace calor en esta ciudad. Siempre hay sol.
La naturaleza se manifiesta de forma tan intensa que hiere.
Cuando se siente tanto dolor la belleza de la vida es una agresión.

Todo el mundo ama una montaña llamada Ávila.
Imponente, separa a la ciudad del mar Caribe.
¿No es hermosa? me preguntan todo el tiempo mirándola con orgullo.
Yo vengo de la pampa.
Necesito tener el horizonte frente a mis ojos para sentirme viva.
El Ávila me ahoga.




La Plata,  septiembre 1978.
Siguen diciendo que ganamos un  mundial de fútbol.
Yo digo que ganamos el mundial de las detenciones-desapariciones.
Aunque ellos las llamen  “locas”, todos sabemos que son tan sólo madres buscando a sus hijas y sus  hijos.

Trabajo en el Registro Provincial de las Personas desde hace unos meses. Por mis manos han pasado centenares de fichas que solamente dicen “NN” y el nombre de una ciudad. A escondidas llevo mi  registro en una libretita roja. Quiero hacer un reportaje para la Escuela de Periodismo donde curso primer año. Consulto con Maren y Dunia, que estudian conmigo, y me dicen que es muy peligroso, insisten en que no escriba nada.

(...)





Caracas, Diario de Lamentaciones.
Mi dolor de exilio es tan grande que cubre todo mi cuerpo.
Muevo un dedo del pie y sufro.



La Plata, octubre 1978.
He vuelto a saber de ellos después de un par de semanas de tranquilidad.
Tengo miedo.
Miles de detenidos-desaparecidos me dicen que mi miedo no es infundado.
Hoy El Jefe dedicó una larga conversación a amenazarme con delicadeza, casi como si me estuviera haciendo un favor al decirme que, por mucho menos que una revista, algunas personas se esfumaron de repente.
- Usted publica a muchos comunistas - me dijo, y su tono de voz después de dos horas de charla,  parecía cansado y triste.

(...)

Llego a casa corriendo.
Mamá duerme la siesta, Beatriz está en el trabajo, Claudia en la escuela.
Saco de los escondites la poca literatura “comprometedora” que aún conservo (el resto está escondido en macetas) y la edición casi completa de “Machu-Picchu” número cuatro, porque después de la visita policial no seguí distribuyéndola.

Hago una pira en el patio, le echo kerosene y prendo un fósforo.
Primero pequeña y luego enorme, una llama devora mis libros.
Tengo miedo de que los vecinos vean el fuego  y me denuncien.
El último libro en arder es la biografía de Ángela Davis.
Sus ojos me miran mientras las llamas comienzan a quemarle el rostro.

(...)



Caracas. Diario de Lamentaciones.
La calle es un sólo ruido de cohetes y fuegos artificiales que me aterrorizan.
Me recuerdan al sonido de las ametralladoras y las bombas.
A veces me asusto tanto que me dan ganas de llorar.
La Navidad se anuncia tempranamente en esta ciudad que hace mucho tiempo no sabe lo que es una dictadura.
La ciudad se engalana con adornos y luces.
Por todos lados se escuchan gaitas, la música tradicional de Navidad que viene del Zulia y es alegre, contagiosamente alegre.
Esta ciudad que siempre luce tan despreocupada ahora se ve más relajada que nunca y con un único interés: bonchar.
Es la palabra que está en boca de todos, la que ya he incorporado a mi vocabulario. Bonchar es irse de fiesta.
Yo todavía no boncho.
No se boncha cuando se está de duelo.

La Plata, enero 1979.
(...)
El bolso es pequeño, de color azul.
Apenas si caben unas pocas cosas.
Y sin embargo pesa.
Lo arrastro de estación en estación en Buenos Aires, buscando un sitio donde pasar la noche.
Y pesa  muchísimo.
Me agobia.
Nadie quiere recibirme.
Es increíble la cantidad de amigas y amigos que, de repente, ya no tengo.
Las puertas se cierran sin ninguna consideración.
El miedo hace estragos.

Roberto, mi novio, dice que los curas de San Miguel pueden alojarme por esta noche.
 - ¿Estás seguro?
- Segurísimo.- responde él.
Llegamos cerca de las diez de la noche. El camino está oscuro y no hay luna.
El cura, que fue simpático al recibirnos, cambia de cara al saber el motivo de nuestra visita.  Sugiere que me entregue si soy inocente, porque si es así nada podrá pasarme.
- Pero, ¿en qué país vive usted? ¿acaso no sabe lo que hacen con la gente cuando la detienen, así sean inocentes? ¿No sabe de los desaparecidos y los muertos? ¡El cementerio está lleno de inocentes! ¿Usted no lo sabe?
- Es verdad -responde - pero si vienen por vos esta noche no tardarán mucho en venir luego por todos nosotros.
- Entonces no puedo quedarme. - silencio.- No puedo.- El cura esquiva mi mirada y sigue callado.


Salgo corriendo y Roberto no me acompaña.
 Las calles son de barro, largas, con gigantescos árboles a sus costados.
Todo está muy oscuro.
Tengo miedo.
Pienso si la policía ya estará en casa destrozando todo.
Si se habrán llevado a mi madre y hermanas en represalia.
Siento ganas de llorar pero no hay tiempo.
Tengo que encontrar un lugar donde pasar la noche.


Buenos Aires, febrero 1979.
Bruscamente se bajaron las persianas de los cuartos y las puertas de entrada fueron cerradas con doble llave.
El grito de auxilio ha quedado pegado a las paredes pero nadie lo oyó. Jueves.  Tres de la tarde.  Sol y viento.
El Flaco sólo puede dejar como prueba de su paso por esa calle una hilera de sangre.
El recurso de Habeas Corpus es rechazado.
Maren entra en la clandestinidad y se reúne conmigo.

Quiero una respuesta, necesito una respuesta, desespero por una respuesta, exijo una respuesta, muero por una respuesta.
¿Se hunde su cuerpo en el Río de La Plata y un bagre le besa un dedo?

Domingo en Buenos Aires.
Maren y yo, sentadas en un viejo café, evaluamos la situación.
La ciudad pasa alegre como si estuviera en otro país.
 El café cortado que no terminamos de tomar.
En medio del terror nos hacemos un tiempo para las bromas.
Que no perdiéramos la esperanza, por Dios, que no la perdiéramos.
Y los ojos de Maren: ¿llora gritando mamá?
A las nueve tomamos el micro de regreso a La Plata.


“Al compañero llamado El Flaco lo trajeron un día al campo con heridas de bala. Como sangraba mucho y las balas no habían salido, a las pocas horas se lo llevaron al hospital. No fuera que se les muriera sin largar la información. En ese momento a mí me trasladan a otro lugar del campo y paso tres días bajo tortura, sin recibir alimentación ni agua. Ante el estado en que me encontraba me llevan a enfermería y ahí me vuelvo a encontrar con él. Lo habían operado y tenía las heridas abiertas por la tortura.... (“Informe sobre los campos de concentración argentinos”).

La noche era peor que el día.
Una hoja que cae suena como un paso.
El silbido del viento una sirena.
Un micro que frena de golpe, un patrullero.
Un gato callejero que roza la puerta, una mano girando un picaporte.


Estados Unidos, Diario de Lamentaciones.
Teresinha y Maleska me llevan a la estación de autobuses en Denver.
Me despido de ellas con  gran alegría por haberlas conocido y con  gran tristeza por tener que dejarlas.
He vivido una semana maravillosa entre ellas, y con la ayuda de ambas he juntado doscientas firmas más.

Me esperan tres días de camino antes de llegar a San Francisco.
Tres días de soledad y paisaje para reflexionar.
La carretera, ancha y larga, un camino sin fin, se abre frente a mis ojos como una tentación. 

Yo no olvido.
Me levanto y me acuesto con los recuerdos.
Me alimento día tras día con lecturas, películas, informes, relatos de aquellos y aquellas que sobrevivieron.
Yo no olvido.
No olvidaré jamás.
Y mi recuerdo no es estéril: combate.
Desde el único frente que tengo ahora: el del exilio.
Y así, Maren está más viva que nunca.

Estás más viva que nunca, pero cómo duele tu ausencia.
Ay, Maren, cómo duele.
Cómo duele tu ausencia.

 (...)





Buenos Aires, abril de 1979.
Embajada de Venezuela. Avenida Santa Fe. El Primer Secretario, desconcertado, me pregunta:

- ¿Cómo entró?
- Por la puerta.

Respuesta inocente a pregunta inocente.
Pero él no está haciendo una broma.
En la entrada del edificio, siete pisos abajo, hay dos policías encargados de evitar que las personas se  asilen.
Esos policías que me sonrieron al preguntar mi nombre. Me veo tan joven e inocente vestida como adulta, con una pollera larga de invierno de Beatriz, una camisa blanca y medias de nylon haciendo juego con el color de los zapatos de tacón y la pollera. Llevo la cara sin maquillaje y el cabello lacio cayendo cuidadosamente sobre mi espalda. ¿Quién puede  dudar de mi?
Me dejaron pasar sin ningún problema después de decirles mi apellido, al que no prestaron atención, sin darse cuenta que estaba muerta de miedo porque en mis planes no figuraba encontrarme con ellos, otra vez, en mi camino.
El Primer Secretario dice que me siente. Le explico que necesito ayuda para sacar mi pasaporte, rápidamente le cuento mi caso. Entonces me pide que lo disculpe unos minutos. Cuando regresa está pálido:  ha leído en su oficina el informe que le habían enviado desde Caracas.
- La única forma en que la podemos ayudar es que usted se asile. 

(...)







"Lejos de Casa"
novela ( fragmento)
 Caracas 1982-84


Lee el libro gratis haciendo click abajo

LEJOS DE CASA







Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...